Publicado: 15 mayo 2010 en Resistencia y lucha

A continuación les ponemos un texto de hace poco tiempo escrito por Eduardo Alvarado.

DE OCUPACIONES, COLECTIVOS Y EDUCACIÓN POPULAR

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Escribí hace poco unas notas acerca de un tipo inédito de organización de jóvenes en nuestra ciudad. Más exactamente me referí a la experiencia de la denominada ocupación “La matriz de las cenizas”.
A través de unas primeras líneas traté de aproximarme al conocimiento de esa forma de agrupamiento de los núcleos más avanzados de nuestra juventud. Quedaron pendientes muchos detalles relevantes de su experiencia.
Aquello me pone en condición de retomar el tema de las ocupaciones. Además incorporaré al análisis otra expresión organizativa de la juventud, identificada por sus miembros como parte del “movimiento no alienado”.
Esta otra forma de quebrantar la “serialidad” de que hablaba Sartré en los ya lejanos 70s, como parte de la filosofía existencialista, por él fundada, recibe por nombre el de “colectivos”.
Construiré unas definiciones, no sin riesgo de equivocarme. Pasa con los antropólogos, que miran con propios ojos una cultura ajena y lo hacen sin estar incorporados a ella. Recordemos a Levy con su “De lo crudo y de lo cocido”.
“Ocupación” es un espacio entre el caserío y las pistas de cemento que constituyen la exterioridad de una masa humana sumida en una cotidianidad intrascendente, corrompida, absurda y sumida en relaciones cosificadas.
Una casa abandonada, digamos. Ésta es entonces “ocupada” por un grupo de jóvenes, con varias intenciones. Puede ser solamente el punto urbano en el cual se encuentran con otros iguales y comienzan a romper su “serialidad”.
“Serialidad” es una voz que remite a esa “cosificación” en que el capitalismo nos convierte. Sistemáticamente despliega acciones muy diversas para troquelarnos a todos como una pieza igual. Como hace con tornillos.
Entre esas acciones figura la proscripción del derecho a construir una identidad sobre el propio cuerpo. Este ejercicio de poder comienza en las escuelas de primera enseñanza. Va de la mano de la imposición del uniforme.
A la escuela no van los niños a obtener conocimiento. Es un esfuerzo continuo de imposición de códigos de significación a través de la violencia, encubierto en un discurso democrático y “normalizador”.
Esta última expresión de “normal” fue aplicada a las escuelas formadoras de profesores. Aparecieron con el tránsito del feudalismo al capitalismo, más exactamente por el siglo XIX.
Empoderada, la “burguesía” impuso su propio concepto de “normal” a su imagen y semejanza. Y creó sus trabajadores intelectuales para “normalizar”. Por eso a los profesores de primera enseñanza les llaman “normalistas”.
En la prescripción del corte de cabello, encarna el poder en el profesor. Como ese hay otras castraciones a la determinación individual sobre el propio cuerpo. Rastas, tatuajes, trenzas, rayas, todos son proscritos como delitos.
Abundan evidencias de estas acciones de “normalización” sobre tendencias a la diferenciación sobre el cuerpo. Esta semana en Cd. Juárez un dictador en una Secundaria hizo una pira con mochilas rayadas.
Dice Schenquerman en una interpretación de Sartré: “Todo hombre lucha contra un orden que lo aplasta en su cuerpo real, propiciando fenómenos de impotencia que se traducen en situaciones que lo gobiernan”.
No deja de evocarme esa voz de “ocupación” una situación militar. Ya 500 años antes de nuestra era, los filósofos griegos, como Platón, percibían cómo dentro de una misma ciudad se desarrollaban condiciones de guerra.
Es un punto en el escenario de la guerra. Sucede silenciosamente allí una conspiración contra la “serialidad”. Impulsan una dialéctica de la liberación, como toma de conciencia de su propia alienación.
Una “ocupación” es una trinchera sobre el mapa de la lucha. Actúa allí un colectivo, especie de comando. Sus integrantes despliegan ofensivas contra el orden capitalista. Su acción está en la esfera de lo simbólico y no de las armas.
Sujetos aislados, idénticos, seriales, sustituibles, encuentran en el “colectivo” un espacio –ahora no físico, sino relacional–. Allí se encuentran con otros y se afanan por reconstruirse con una nueva identidad.
Cada sujeto aislado en el caserío y las pistas de cemento de las urbes se transforma en sujeto agrupado y organizado en los “colectivos”. Su praxis está orientada por la multiplicidad de intereses de sus integrantes.
Nombres de “colectivos” evocan realidades ocultas por el régimen de la burguesía. “Jugo Gástrico”, “Flores Negras”, “Cucaracha”, “Mugre”, desfragmentan la “serialidad” a que estamos condenados hombres y mujeres.
Su poesía y música de excremento es un eco venido de las cavernas. Una devolución al estiércol que incesante e impune produce la “civilización” de la mercancía. Un canto de los albañales en que está convertido el planeta entero.
Reivindicación de la “cucaracha” como insecto despreciable. Es la dictadura de la burguesía y sus trabajadores intelectuales –como el profesorado “normalista”– quien produce “cucarachas” humanas por decenas.
De gargantas como la del “Cuino” –forma poética del “Cerdo”– surgen voces desgarradoras. Ya no es el belcanto de barítonos y sopranos. Parece ruido de piedras cacarizas en un bote de agua de sulfuro.
No es música armoniosa de ángeles y querubines de una religión oficial que cumple su función en la cadena productiva de la “serialidad”. Es una música de cuerdas bucales azotadas y chirridos eléctricos, que muestran espíritus igualmente destripados.
En “ocupaciones” y “colectivos” hay una recuperación del sentido más puro de lo educativo. No existen currículums diseñados por tecnócratas del sistema de la burguesía, planes de estudio ejecutados por “normalistas” o papeles oficiales de la “serialidad”.
Es lo educativo como espacio “ocupado” –ahora ni en sentido físico ni relacional, sino simbolizante– por sujetos identificados por sus propios intereses en un “colectivo”. Luchan por romper la alienación con el diseño y ejecución horizontal de su agenda.
Construyen en “colectivo” sus códigos de significación o de simbolización, que es donde debiese trabajar lo “educativo”. Allí la relación pedagógica adquiere otro sentido. No es el “normalista” que disciplina o sirve a la “serialidad”.
Es el compañero enseñante que domina un oficio o un arte y lo ofrece al sujeto del “colectivo” interesado en aprenderlo. Pintores, guitarristas, discjockeys, plaqueros, bailarines, poetas y científicos, dan sus saberes y reciben los de otros.
Unos y otros sujetos “no alienados” que buscan romper la “serialidad”, elaboran su palabra en “colectivo”; que es lo mismo decir que dan un sentido diferente a la existencia humana.

San Luis Potosí, S.L.P., a 8 de Marzo del 2007.

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