Los sacerdotes rojos (espionaje sobre la guerrilla).

Publicado: 26 septiembre 2013 en Uncategorized

Emeequis el 10 de abril del 2006.

 

Por: Jacinto Rodríguez Munguía

La policía política de México no dejó rincón ni pensamiento sin escudriñar. Entre sus blancos estaban los jesuitas que en los setenta se vincularon con estudiantes. Se les espió, se les acusó de ser “sacerdotes rojos” que propagaban la idea de que “Cristo era el primer comunista”. Sus nombres, sus historias quedaron en los archivos de la Dirección Federal de Seguridad.

A finales de los setenta, Miguel Nazar Haro, entonces cabeza de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), mandó elaborar un libro sobre Liga Comunista 23 de Septiembre, el grupo guerrillero que se convirtió en su eterna pesadilla. Uno de sus capítulos, el VI, se llama “Grupos mane­jados por sacerdotes jesuitas”. Y la siguiente leyenda: “Cristo, el primer comunista del mundo”.

Para la DFS, uno de los orígenes de la Liga estaba conectado con dos grupos que operaron en la Universidad Autónoma de Nuevo León y el Instituto Tecnológico de Monterrey: la Obra Cul­tural Universitaria (OCU) y el Movimiento Estu­diantil Profesional (MEP). Hasta ahí, esos datos formaban parte de las rutinas de cosecha de in­formación; pero lo que llevaría a estos sabuesos a hacer un seguimiento puntual, fue la aparición de dos personajes clave: los jesuitas Javier D’Obeso y Orendáin y Manuel Salvador Rábago González.

En el libro se dice que, mientras en 1971 comen­zaban los grupos guerrilleros a operar en la ciudad, a través de asaltos a bancos, en Monterrey los sa­cerdotes D’Obeso y Rábago controlaban la OCU y el MEP, con “la finalidad de que los estudiantes se formaran una mentalidad progresista dentro del ramo del cristianismo, haciendo destacar la perso­nalidad de Cristo como el iniciador del reparto de los bienes entre los seres humanos y señalándolo como el ‘primer comunista del mundo”.

De estos grupos surgirían Ignacio Arturo Salas Obregón, Raúl Ramos Zavala, Estela Ramos Za­vala, entre otros, a quienes los unificaría un crite­rio básico: “La personalidad de Cristo”. La historia seguiría y tres años después algunos de estos eran piezas fundamentales de la Liga Comunista 23 de Septiembre. En el resto del documento apenas se vuelve a mencionar a los sacerdotes.

¿Qué pasó? ¿Quiénes eran estos sacerdotes? ¿Qué más podría haber de ellos que los convir­tió en sospechosos del sistema? Parte de estas respuestas están en las fichas de la Galería I del Archivo General de la Nación (AGN).

Cristo y la guerrilla

Las primeras fichas son de 1969 y desde la prime­ra línea se establece el vínculo de la OCU con los sacerdotes. Ésta, se lee, está dirigida intelectual­mente por los sacerdotes jesuitas Javier D’Obeso y Manuel Rábago. Lo que habría provocado que el olfato de la DFS volteara hacia los sacerdotes fue el apoyo que habían dado al congreso de la Coordinadora Nacional de Estudiantes Demo­cráticos (CNED), al grado de prestar sus instala­ciones para que se llevara a cabo el encuentro.

Anotaron lo agentes: “Se ha comprobado que el rancho citado es el de San Ignacio, a 36 kilómetros de Colombia, Nuevo León. Adorna la entrada una estatua de San Ignacio, patrón de los Jesuitas. Los delegados de la CNED se hospedaron en este ran­cho a bordo de tres camiones con aproximadamen­te 95 personas, los que traían consigo una orden del sacerdote Javier D’Obeso para que dieran albergue en uno de los dormitorios a 60 delegados”.

Descubierta la relación, la tarea siguiente fue rastrear los orígenes de la OCU y los fines con que fue creada. Entre sus hallazgos estaba la fecha de su creación, 1961. Entre las condiciones para formar parte de ésta: “ser joven católico”. Encon­traron también que por ahí de 1964-65 habían ingresado como conferencistas los sacerdotes Rá­bago, D’Obeso y Luis L. Franco, quienes dictaban conferencias de tipo político y apostólico. “En lo político configuraban una liberalidad que acon­sejaba muchas veces la simpatía hacia el gobierno federal, ya que los industria­les de Monterrey, encabeza­dos por Eugenio Garza Zaga (sic) tenía buenas relaciones con el Presidente”. El apelli­do correcto es Sada y eran los años de la presidencia de Díaz Ordaz, con quien a los empresarios no les iría mal.

Los agentes habían logra­do documentar también que entre quienes financiaba a la OCU estaban Eugenio Gar­za Sada, Cementos Mexica­nos y el Centro Bancario de Monterrey. “La OCU tuvo el respaldo absoluto del cle­ro y del sector empresarial. Nombró a padres jesuitas jó­venes como guías para mantener la fe apostólica en los grupos estudiantiles de la universidad y el Tecno­lógico de Monterrey… este organismo balanceó por bastante tiempo las actividades de los grupos estudiantiles de extrema izquierda, apoderándose de la mayoría de las sociedades de alumnos… fue creada por los grupos clericales como defensa de la universidad y sus valores, que se veían agre­didos por los grupos comunistas organizados… en un principio fue sostenida económicamente por la ‘Cruzada Regional Anticomunista’, que era subvencionada por los industriales”.

Esta línea se había mantenido por lo menos hasta el segundo informe de gobierno de Gustavo Díaz Ordaz (1966), cuando aparecen los prime­ros registros sobre las críticas que los sacerdo­tes fueron aplicando en sus conferencias contra el gobierno. La visión de los jesuitas, que según la DFS habían infiltrado y controlado la OCU y el MEP, no se detendría. “Ya en 1968, a pesar de los llamados de atención de empresarios y auto­ridades como Monseñor Jesús González Monte­mayor, los sacerdotes Rábago, D’Obeso y Franco, siguieron dando conferencias y guiando a los es­tudiantes contra el gobierno y el Ejército; luego de la agitación estudiantil siguieron politizando a los estudiantes”.

En esos días, según los informes, uno de los grupos que mantenía ya relación con la OCU y con los sacerdotes jesuitas, era el Estudiantil So­cialista, con Ignacio Salas Obregón y Raúl Ramos Zavala a la cabeza. Unos años después, los dos for­marían parte importante en la fundación de la Liga Comunista 23 de Septiembre y, precisamente, uno de los golpes más recordados que daría este grupo guerrillero fue el intento de secuestro (en septiembre de 1973) del empresario Eugenio Garza, quien fue abatido.

El viraje de la labor de la OCU provocaría algo más que una llamada de atención. Como castigo por prestar las instalaciones jesuitas a la CNED, Cementos Mexica­nos y otros patrocinadores retiraron su apoyo económi­co y mantuvieron solamente el sueldo del vigilante, con la orden de no permitir la en­trada de estudiantes “hasta que los miembros de la OCU no vuelvan al carril apostólico”.

Los jefes de la iglesia ajustaron a sus sacerdotes. En 1970 los agentes registraron que por disposición del arzobispo primado de México habían dejado de ser sacerdotes eclesiásticos los padres D’Obeso y Rábago, aunque amparados en el derecho canónigo de la orden de los jesuitas, apelaron ante el nuncio apostólico para que anulara el castigo. Pero serían relevados de toda relación con la OCU, por el momento. Luego sus nombres volverían a ser vinculados con el Movimiento Estudiantil Profesional.

Los agentes registraron algunas de sus ponen­cias: “Los jesuitas sostienen el criterio de que los cristianos no pueden estar desligados de la política, dado que el hacer política no significa necesariamente ocupar un puesto de elección popular; que los socialistas llevan en sí mismos un mensaje de igualdad y fraternidad…” Por esto terminarían en los archivos de la policía política.

 
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